Mi segunda cruz

Mi primera cruz ya se las platiqué antes... no me acuerdo cuando.

La segunda son los atomóviles, de los cuales me he quedajo amargamente desde que inicié este mamotreto.

Odio los automóviles, pero aún más a los automovilistas que tienen el descaro de adjudicarse ese título cuando uno más apropiado sería el de retrasados mentales. Su nulo interés en la seguridad del prójimo e incluso en la propia no son más que otro reflejo de la contraevolución por la que la humanidad atraviesa, mientras vemos chimpances que pueden pintar y ser considerados artístas por otros chimpances menos peludos y más arístas, nosotros nos vamos alejando de la cultura civilizada que nos llevó a pensar en arroyos viales, banquetas y semáforos.

Es mucho más importante ahorrarse los segundos que un semáforo dure en rojo que la vida del escuincle que camina a paso apresurado a la escuela. Es más importante para el microbusero ganarse dos mugrosos pesos más y rebasar al colega de enfrente que el embarazo de la mujer que desciende de su perfumada unidad.

Total, la gente nunca va a hacer conciencia, hasta que desgraciadamente les toque estar en los zapatos de los que regularmente tenemos que lidiar con ellos.

Me ha tocado muchas veces escuchar mentadas de madre para aquel buen hombre que le permite atravezar la avenida a la vejecita. Señoras maquillandose afuera de la escuela del chamaco estacionadas en triple fila, aguardando pacientemente a que el mocoso haga su aparición. Y sí, ustedes señoras son las más cínicas al volante, les vale reverendo camote el mundo y su palabra es la ley... Bueno, como casí en todas las situaciones, verdad?

Y antes de desviarme más yo digo ahí nos vemos, si no voy a terminar hablando de las relaciones humandas o alguna otra cosa intracendente de la vida.

Pe(')rdidas

El sentimiento de perdida es una dura batalla entre el amor a algo o a alguien y la resignacion. Cuando el amor gana, ese sentimiento se convierte en comportamientos enfermizos, cuando vence la resignacion se vuelve olvido.

Cuando llegas a un estado de paz contigo mismo que te hace entender que nada de lo que tienes estara ahi para siempre las pérdidas se hacen menos dolorosas, aún así nos ha ganado el apego.

¿Cuántas veces la indiferencia ante una pérdida lo es en realidad?

El sentimiento de que algo se te fue tal vez no sea tan perturbante como la interrogante clásica... ¿Por qué?