Malencarada *ficticia historia de amor

Era el metro Zapata, siempre tenía que pasar por ahí para llegar a mi trabajo.

Mi camino de todos los días se volvió (como muchas cosas de todos los días) aburrido. La rutina marcaba la caminata de 15 minutos de mi casa a la estación del metro, hasta que un día la rutina se vió trastocada por un par de ojillos grises.

Vestida de gris oxford, calzando botas con plataformas, esa intrusa malencarada se acercó a la orilla del andén que durante varios meses fue sólo mía. Mi desconcierto pronto se convirtió en ira... ¿cómo se atrevía esta pseudo "darqui" a plantar su horrendas botas sobre mi espacio?

Llegó el trén y la tarada se abalanzó sobre la puerta como si de llegar a un asiento antes que cualquiera otra persona dependiera su vida. Me senté enfrente de ella, en uno de los 12 asientos que seguían vacios.

Pasamos División del norte y Eugenia, a la mitad del trayecto hacía Etiopía pareció sentirse incomoda, se volteó y subió los pies a un asiento vacío. Me vió de frente y sé que notó que una de las cosas que más aborresco en la vida es que la gente use los asientos para cualquier otra cosa menos para sentarse.

Me baje en Centro Médico y ahora fue ella la que salió tras de mí, caminamos al trasborde de la Línea 9. Para cuando llegamos al andén que va en dirección a Tacubaya pensé que era demasiado, que ya había tenido suficiente de esa cara de enfado por ese día y cuando llegó el tren hice la finta de que me subía al tren pero me quedé parado frente a la puerta. Ella se asomó desde una ventana, sonrió y me dijo adios con la mano mientras el trén se movía.

A partir de ese día me la encontraba siempre a la misma hora y si ella o yo llegabamos tarde procurabamos esperarnos y repetíamos la rutina del primer día, con la única diferencia de que ya no la engañaba en la Línea 9. Poco a poco me fui acostumbrando a ello hasta que se volvió algo monótono, sin embargo por alguna extraña razón nunca me aburrí de ello.

Jamás nos dirigimos la palabra, nuestra cominicación se basaba en señas y muecas. Alguna vez le hice un ademán para que me esperará mientras me compraba una pizza en el Domino's y ella me había entendido a la perfección, pero más allá de sonrisitas y despedidas agitando la mano nunca hicimos intento alguno de decirnos algo.

Un día desperté y decidí que estaba enamorado de ella, así nada más. Nunca había estado tan enamorado de alguien y hasta entonces supe que en realidad nunca había estado enamorado de nadie, simplemente me habían endulzado el oido.

Llegando a este punto me doy cuenta de que he omitido algo durante este relato... tengo novia. La quiero mucho, estoy muy... huummm... endulzado de ella.

Eso era para mi un problema, ya que mi escaso entendimiento (con raices en su mayoría maternales) de lo que es el amor me dictaba que tenía que estar con la persona de la que me sintiera enamorado, y no era así.

Entonces a la siguiente mañana (la del domingo) pensé que tenía que resolver mi problema cuanto antes, porque si algo he aprendido de la vida, es que los problemas crecen hasta donde uno los deja. Por lo que decidí solucionar mi problema al día siguiente.

Como todas las mañanas de Lunes a Viernes hice mis quince minutos al metro y me fuí a lo más recóndito del andén, ahi espere a Malencarada. Llegó un poco tarde, como era común los lunes gracias al tráfico de Felix Cuevas.

Cuando escuché que el metro se acercaba y noté los primeros intentos de Malencarada de abalanzarse sobre la puerta del trén corrí hacía donde estaba y solucioné mi problema.

Malencarada quedó desparramada sobre las vías.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que mamada! Las sillas son para pararse, para poner la ropa o para lo que sea.

JaMeHe dijo...

bien hecho